El Salobral

Archivo fotográfico Museo Arqueológico Nacional

La plaza

El Escudo

La cruz de San Marcos

 

 

 

 

Los comienzos

Los iberos ocupaban la zona mediterránea que va desde el sur de Francia  hasta el centro de Andalucía. Estaban divididos en diversos pueblos o tribus que eran, generalmente, independientes aunque mantenían ciertos  rasgos comunes. Estaban más avanzados que otros pueblos peninsulares (celtas y celtíberos) porque mantuvieron relaciones comerciales con los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses que contaban con una cultura superior.

Los iberos eran un pueblo guerrero y vivían generalmente en ciudades y poblados amurallados, al frente de los cuales solía un jefe local o régulo (en nuestro caso Larbolás). Este representaba el estrato social  más elevado; le seguían una casta de guerreros vinculados al jefe, los terratenientes y comerciantes; los agricultores ,ganaderos y pequeños artesanos  y, por último, los esclavos.

La economía ibera se basaba en la agricultura (cereales, vid, olivo), ganadería, el trabajo del metal y, sobre todo, el comercio, favorecido por los intercambios con fenicios, griegos, cartagineses y romanos.

La religión se basaba en el culto a la naturaleza y el rito de incineración y son muy conocidas las necrópolis donde se han encontrado numerosas figuras votivas, cerámica decorada y esculturas ( como la ESFINGE de El Salobral). Desde el punto de vista cultural desarrollaron su propio alfabeto ibérico.

Corria el final siglo sexto antes de Cristo y caía el día sobre el poblado de El Salobral y un acontecimiento sorprendió a los habitantes del poblado: acababa de morir su jefe Larbolas, un hecho que puso en movimiento a todos los habitantes del poblado:
Unos familiares recogieron todas las pertenecías personales, ropas, adornos y utensilios de este importante personaje; los guerreros cogieron sus armas y marcharon junto a la laguna para cortar árboles para construir una pila de leña donde debía ser incinerado, su hijo mayor marchó a visitar al escultor  Sadifis, recién llegado de la Hélade, para encargarle el trabajo que debía realizar: dos esfinges.
Larbolas había conseguido conquistar para todos aquella zona tan bien situada junto a la laguna y al mismo tiempo rica en caza , y ahora debía de partir en su viaje definitivo, partía hacia el mundo de los muertos.
A las pocas horas todo estaba preparado excepto el trabajo del escultor.
Recogieron su cuerpo, sus ropas y todos sus enseres personales y los pusieron en lo alto de la pila de leña que acababan de construir. Después prendieron fuego a la pila de leña y durante horas contemplaron en silencio aquel espectáculo y recordaron sus hazañas y sus gestas.
Al día siguiente cuando todo se había convertido en cenizas recogieron cuidadosamente todas las cenizas y las introdujeron con todo cuidado en aquella vasija reservada desde hacía años para este fin y peregrinaron hasta el montículo que había en el centro de la laguna y depositaron sus cenizas entre aquellas piedras tan cuidadosamente preparadas.
Todo había concluido,  Larbolas iniciaba ahora su viaje hacía el reino de los muertos, sólo faltaba el trabajo del escultor. Trabajo que unas semanas después presentó: dos esfinges aladas, mezcla de animal y de ave que colocarían a las puertas de su tumba para que le condujesen en su último viaje, y para velarla.